Mi lenguaje corporal se adecua al ambiente que se genera y se construye ladrillo a ladrillo allí afuera. La música desplazada y alzada toca el techo con teclas desenfrenadas que tildan los movimientos de las personas, acentuándolos, distinguiéndolos de la serenidad. La gente sonríe como sacudiéndose en un baile de sabores dulces y agrios, ácidos, inocentes. Las mujeres se levantan las faldas más allá del descuido, yo miro la tibieza del azahar oyendo el sonido de las campanas.
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