Una sombra dialoga con una cortina en un día de medio sol, después de una media luna. A medida que van soltando frases, se van despojando de una serie de predisposiciones que ambas tenían frente a la otra. El sentido de pertenencia deambula por el espacio inconcluso, como un súbito pasar que se arroja al vértigo por experimentar entre algo real y una intensa sensación de oscuridad visual. Como un paracaídas que sabe su función, pero no su condición de volátil y que sólo la experimenta mientras flota.
De pie, la figura de la sombra se define en la cortina, un contorno delgado con un contenido ennegrecido parece plasmarse en el sinfín de género a contra luz que se extiende de extremo a extremo con una sola función: cubrir la voluntad de un otro.
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